martes, 3 de julio de 2012

Prólogo (1)


La escalera al cielo




“Hay dos cosas infinitas: El Universo, y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.”

Albert Einstein

La Humanidad ha sido siempre como un niño malcriado, protegido e ingenuo, desconfiando de todo aquello que le es ajeno. El paso de los siglos todavía ha contribuido a aumentar su egolatría, pensando que todo ha sido creado para someterse a ellos, el ombligo del mundo. Así han pasado las eras, dejando tras de sí todo un variopinto abanico de muestras de la personalidad caótica de la especie humana: Codicia, esclavitud, guerras, odio, genocidios...

Y la Tierra, su hogar, había ido apagándose mientras aquel crío consentido lo devoraba todo a su paso, en su intento inútil de saciar sus caprichos. En los albores del Siglo XXII, los recursos naturales del planeta habían sobrepasado las expectativas más pesimistas, en medio de una escasez crítica que había ido empeorando sin remedio en el último siglo. En todo el mundo saltaron las alarmas de aquella crisis energética, mientras las ideas para solucionar el desastre se agotaban.

La superpoblada Tierra, que había basado su modo de vida en parasitar todo fruto de la naturaleza hasta dejarla completamente vacía, continuó expandiendo sus fábricas en un desesperado intento de encontrar algo de oxígeno con el que poder salir a flote de toda aquella mierda que les llegaba hasta el cuello. Justo cuando estaba entre la espada y la pared, la Humanidad recibió una segunda y milagrosa oportunidad.

La salvación vino de algún lugar del basto océano Atlántico. Fue la casualidad, o tal vez un destino mayor, lo que hizo que una extracción minera encontrara un yacimiento arqueológico, que formaba parte de las ruinas de una antigua civilización que había sido sepultada por el mar mucho, muchísimo tiempo atrás. De haber tenido más tiempo para profundizar entre los restos de aquella cultura, probablemente hubieran dado con el descubrimiento más importante de la historia.

Pero había algo igual de importante, y mucho más valioso en aquellas aguas. La excavación había encontrado un enorme pozo de Deuterio, un recurso muy escaso que, producido de forma estable, podía usarse como medio para producir una fusión nuclear limpia. Inmediatamente, en todo el mundo no había otra cosa más importante que explotar aquella sustancia energética, lo que desencadenó una reacción masiva más urgente que la que se había dado durante la fiebre del oro.

La potencia energética de aquel manantial sostenible impulsó una carrera espacial que nada tenía que envidiar a la que habían disputado la URSS y los “yanquis” durante la Guerra Fría. Pero la avaricia sin límites del ser humano y su naturaleza violenta pronto volvieron a hacer acto de presencia. En todo el mundo era un hecho indiscutible que quien tuviera el control del Deuterio, sería la potencia más avanzada. Como ya había ocurrido con otros recursos de gran valor, las disputas entre países cobraron fuerza. El resultado era previsible: Guerra.

Desde que el hombre tiene uso de razón, su instinto primitivo le ha llevado a tomar a sangre y fuego aquello que envidiaba de sus semejantes. Habían pasado demasiados años desde la época de los palos y las piedras, y era evidente que la propia raza humana no era consciente del potencial destructivo que había amasado con el transcurso del tiempo. Cuando comenzó el horror, sin embargo, ya era tarde para todos.

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