sábado, 14 de julio de 2012

Acto I (5)

La incertidumbre me está dejando los nervios a flor de piel. Necesito salir, y ver lo que está pasando en el exterior. Y, tal vez, encontrar a otros turistas, que me digan lo que han visto. Me abrocho la chaqueta de nieve, todavía acuclillada por si un disparo perdido vuelve a atravesar mi habitación. Al abrir la puerta me tiemblan las manos, imaginando que un feo y monstruoso alienígena me espera al otro lado. Finalmente salgo al pasillo. No hay alien. De hecho, no hay nadie. El corredor, igual que mi compartimento, muestra las cicatrices corrosivas de los disparos.

Gilda me sigue, mientras recorro agachada el pasillo circular que da al resto de habitaciones. De camino, me paro a llamar a algunas puertas, aunque solo recibo un temeroso silencio o unos gritos nerviosos como respuesta. Finalmente desisto de poder hablar con nadie del vagón de pasajeros, y alcanzo las puertas del exterior. Están cerradas, pero el frío viento de fuera se escucha con claridad, golpeando el mamparo del blindaje aislante. De pronto, mientras todavía pienso en si salir o volver a mi sala, oigo a alguien teclear el código de acceso, y la puerta se abre hacia arriba en silencio.

Son los guardias de la Alianza. Tres de ellos. A lo lejos, veo nuestra nave. O lo que queda de ella. Los disparos de anti-materia la han corroído por completo, hasta dejar solo un armazón esquelético y totalmente inservible. Mis ojos, abiertos como platos, se clavan en la horrible escena de la cabina inferior, donde la torreta militar, y el último soldado, son ahora una masa deforme que exhala humo. Mientras los guardias se refugian dentro, un disparo golpea en el hombro a uno de ellos.

El escudo reflector de la armadura de combate terrana se ilumina a unos centímetros del chaleco, con aquel brillo azul espectral, absorbiendo el impacto. Pero la anti-materia se extiende a una velocidad asombrosa, rompiendo la armadura y atravesando el brazo del hombre, que cae al suelo con un grito de dolor. Mientras tanto, otro de sus compañeros alcanza a teclear el código de cierre en un panel holográfico cercano, y las compuertas vuelven a sellarse con un golpe seco.

Están demasiado ocupados tratando de contener la corrosión del soldado caído, que ha pasado del blindaje a la carne en un suspiro. Nadie me presta atención. A mi lado, Gilda bufa y se eriza. Pero no está reaccionando a los soldados, sino a lo que hay más allá de la puerta. Consiguen levantar al herido, que se apoya con dificultad sobre la compuerta blindada. La anti-materia ya ha atravesado la piel, y está quemando sus músculos. Los gritos no paran, y mucha gente sale al pasillo.

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