Para entonces ya era
tarde para recoger los bártulos y volver a casa. La Tierra se había
encerrado en una sobre explotación del mar y su valioso combustible,
creando un complejo totalmente industrializado, donde ya no había
sitio para que los habitantes de las colonias regresaran. De nuevo,
la raza terrestre estaba en jaque, amenazada por una diplomacia
alienígena que no comprendíamos, y de la que éramos el hazmerreír
del resto de especies.
En un nuevo modelo de
genialidad al borde del desastre, se volvió a reabrir el proyecto
arqueológico de aquella antigua civilización sumergida, en busca de
un segundo milagro que todavía pudieran haber guardado para nosotros
los miembros extintos de aquella cultura avanzada. Era otro
desesperado intento de lograr la supervivencia “in extremis”,
mientras al otro lado del Velo la potencia militar humana era
superada sin problemas por sus numerosos enemigos, y las colonias
desaparecían una tras otra.
Científicos e ingenieros
de todas las áreas de especialización, de todos los confines de la
Tierra, se reunieron bajo una cúpula de cristal, a una profundidad
que rayaba la locura, intentado desentrañar a contrarreloj todos los
secretos de aquellos desconocidos. No fue hasta pasadas unas semanas
fatídicas en aquella prisión de cristal, cuando se logró el primer
avance.
Donde arquitectos y
mecánicos de renombre habían fracasado, luchando por comprender la
compleja maquinaria de aquel pueblo, un pequeño y humilde grupo de
sociólogos triunfaron al descubrir los restos carbonizados de uno de
aquellos individuos, un espécimen que se había mantenido tras el
desastre de su cultura hundida. La carne había ganado al metal,
porque bajo aquel cuerpo momificado estaba la clave para la
supervivencia de la Humanidad.
La ciencia genética se
había quedado de piedra hacía más de un siglo, cuando la NASA
descubrió una forma de vida basada, no en el silicio ni en el
carbono, sino en el arsénico. Tan solo se trataba de una rara
bacteria, y las investigaciones al respecto nunca llegaron a buen
puerto. Hasta aquel momento, en que los científicos llegaron a la
conclusión de que, de alguna forma que la tecnología humana no
podía explicar, aquella especie extinta basaba su composición en el
hidrógeno.
Era la misma composición,
aunque más concentrada, la que se encontraba en los grandes
yacimientos de Deuterio que rodeaban las ruinas. Aquellos seres de
energía pura llevaban grabado en su ADN el secreto para que los
humanos alcanzaran el siguiente estadio de su evolución. Un equipo
de expertos tailandeses, procedentes de una corporación anexionada a
China, comenzaron a producir viales de aquel potente material
genético, al que llamaron Sustancia D.
La nueva generación de
Meta Humanos modificados genéticamente tenía la fuerza, los
reflejos y el aguante necesario para equiparar a la especie de la
Tierra al resto de razas que aguardaban tras el Velo. Y no
solo eso. La Sustancia D también actuaba de procesador
neuroquímico, que actuaba como traductor universal ante las otras
lenguas. Después de aquello, el potencial natural del ser humano
para causar la destrucción a su paso, fue suficiente seña de
identidad para ganarse un nombre entre las especies más “veteranas”
de aquel Umbral del espacio.
Un siglo de guerras,
expansión y conquista política y militar más tarde, tan solo había
cuatro especies con la fuerza y los recursos suficientes como para
amenazar la vida humana, y era en esas grandes “élites”
alienígenas en quienes se basaba toda la política exterior, el
comercio y, si la situación era convenientemente pacífica, también
el turismo. Pronto comenzaron a llegar visitantes de otras especies a
las colonias fundadas en el Sistema de Umbral. La superpoblada
Tierra, por supuesto, cerró sus puertas a la llegada de cualquier
intruso, fuera humano o no.
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