jueves, 5 de julio de 2012

Prólogo (3)


Para entonces ya era tarde para recoger los bártulos y volver a casa. La Tierra se había encerrado en una sobre explotación del mar y su valioso combustible, creando un complejo totalmente industrializado, donde ya no había sitio para que los habitantes de las colonias regresaran. De nuevo, la raza terrestre estaba en jaque, amenazada por una diplomacia alienígena que no comprendíamos, y de la que éramos el hazmerreír del resto de especies.

En un nuevo modelo de genialidad al borde del desastre, se volvió a reabrir el proyecto arqueológico de aquella antigua civilización sumergida, en busca de un segundo milagro que todavía pudieran haber guardado para nosotros los miembros extintos de aquella cultura avanzada. Era otro desesperado intento de lograr la supervivencia “in extremis”, mientras al otro lado del Velo la potencia militar humana era superada sin problemas por sus numerosos enemigos, y las colonias desaparecían una tras otra.

Científicos e ingenieros de todas las áreas de especialización, de todos los confines de la Tierra, se reunieron bajo una cúpula de cristal, a una profundidad que rayaba la locura, intentado desentrañar a contrarreloj todos los secretos de aquellos desconocidos. No fue hasta pasadas unas semanas fatídicas en aquella prisión de cristal, cuando se logró el primer avance.

Donde arquitectos y mecánicos de renombre habían fracasado, luchando por comprender la compleja maquinaria de aquel pueblo, un pequeño y humilde grupo de sociólogos triunfaron al descubrir los restos carbonizados de uno de aquellos individuos, un espécimen que se había mantenido tras el desastre de su cultura hundida. La carne había ganado al metal, porque bajo aquel cuerpo momificado estaba la clave para la supervivencia de la Humanidad.

La ciencia genética se había quedado de piedra hacía más de un siglo, cuando la NASA descubrió una forma de vida basada, no en el silicio ni en el carbono, sino en el arsénico. Tan solo se trataba de una rara bacteria, y las investigaciones al respecto nunca llegaron a buen puerto. Hasta aquel momento, en que los científicos llegaron a la conclusión de que, de alguna forma que la tecnología humana no podía explicar, aquella especie extinta basaba su composición en el hidrógeno.

Era la misma composición, aunque más concentrada, la que se encontraba en los grandes yacimientos de Deuterio que rodeaban las ruinas. Aquellos seres de energía pura llevaban grabado en su ADN el secreto para que los humanos alcanzaran el siguiente estadio de su evolución. Un equipo de expertos tailandeses, procedentes de una corporación anexionada a China, comenzaron a producir viales de aquel potente material genético, al que llamaron Sustancia D

La nueva generación de Meta Humanos modificados genéticamente tenía la fuerza, los reflejos y el aguante necesario para equiparar a la especie de la Tierra al resto de razas que aguardaban tras el Velo. Y no solo eso. La Sustancia D también actuaba de procesador neuroquímico, que actuaba como traductor universal ante las otras lenguas. Después de aquello, el potencial natural del ser humano para causar la destrucción a su paso, fue suficiente seña de identidad para ganarse un nombre entre las especies más “veteranas” de aquel Umbral del espacio.

Un siglo de guerras, expansión y conquista política y militar más tarde, tan solo había cuatro especies con la fuerza y los recursos suficientes como para amenazar la vida humana, y era en esas grandes “élites” alienígenas en quienes se basaba toda la política exterior, el comercio y, si la situación era convenientemente pacífica, también el turismo. Pronto comenzaron a llegar visitantes de otras especies a las colonias fundadas en el Sistema de Umbral. La superpoblada Tierra, por supuesto, cerró sus puertas a la llegada de cualquier intruso, fuera humano o no.

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