martes, 10 de julio de 2012

Acto I (1)

Los Invasores


-Maestro, quisiera saber como viven los peces en el mar.

-Como los hombres en la tierra: Los grandes se comen a los pequeños.”

William Shakespeare

<Brrr> Que frío hace en esta roca dejada de la mano de Dios. Parece que el verano, como tantas otras cosas, afecta de un modo distinto, dependiendo de si estás en la comodidad de casa o en una luna helada en el culo del mundo. Pero merece la pena por descubrir los secretos que hay más allá de las cuatro paredes que tenemos vistas. Pero me estoy adelantando, cuando sería más correcto empezar con una presentación.

Mi nombre es Teresa, aunque todo el mundo me llama Ruby. Nací en el extrarradio del Velo, en una colonia lejana llamada Orión, que nada tiene que ver con la constelación que se ve desde la Vía Láctea. Imagino que los primeros colonos tenían morriña de su antiguo hogar. Y no es de extrañar. No conozco la Tierra. Todo el mundo sabe que nuestro planeta hogar cerró las puertas para no desbordar la población que lo ocupa. Pero de cualquier modo, puedo asegurar que nuestra pequeña colonia no tiene nada que ver con el gran planeta azul.

Orión nunca fue nada más que un conjunto de granjas de engorde, alrededor de un cráter donde se había formado un estanque de agua dulce. Casi todas las familias de los primeros colonos tenían a su cargo un tipo de animal rechoncho que llamaban Grizzo. Decían que aquella bola de pelo espacial con pinta de oveja era afable e inofensiva, pero a mi siempre me habían dado algo de miedo, al ver los dos colmillos inferiores y el cuerno que tenían en la frente.

Mi madre se ganaba la vida ayudando en la granja de una familia china de clase media, mientras yo salía a jugar con los otros niños en la orilla del lago. Como siempre estaba trabajando, tuvo que criarme mi abuela. Me enseñó todo lo que sabía, y gracias a su paciencia pude labrarme unos estudios con los que poder salir algún día de esa roca empobrecida. Ella siempre me decía que había heredado el amor a la naturaleza de mi padre, y que su sangre Eldaar corría por mis venas. Nunca llegué a conocerle.

Tal vez fuera cierto que tengo sangre mestiza. Muchas especies avanzadas coexisten en esta época, y llegan a amarse a pesar de las barreras culturales. No suelen darse muchos casos de embarazo en las relaciones de estos seres del espacio, cuando se juntan con humanos, pero ya ha ocurrido otras veces. Mi madre no suele hablar de esa época. Solo dice que él se largó para no verla envejecer. Para entonces, ella ya estaba embarazada, sin que él lo supiera.

Los Eldaar viven muchos más siglos que los humanos, y he llegado a entender que tengan un concepto del apego distinto al nuestro. En cambio, mi madre nunca le perdonó, y la rabia le hecho mucho daño durante este tiempo. Esa fue una de las razones por las que me embarqué en este viaje. No solo quería ver mundo y conocer lo que había más allá de esta roca aburrida. También quería respuestas. Quería encontrar a mi padre, y entender mejor lo que ocurrió. Y entenderme también a mi misma, si es que realmente he llegado a adquirir las características de su raza.

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