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jueves, 19 de julio de 2012

Acto I (10)

De nuevo aquel zumbido ahogado. <Zzzz...> El disparo del láser alienígena ilumina la boca del cañón y lanza un rayo corrosivo. El joven ni se inmuta mientras va caminando hacia su rival, y tan solo se limita a apartarse a un lado para que el haz de anti-materia vuele inofensivo a su lado, fintando de una forma imposiblemente rápida. Es una escena demasiado calmada. El muchacho no parece que necesite esforzarse demasiado para acabar con el Invasor invencible. Simplemente desenvaina una cuchilla extraña que lleva a la espalda, en su constante avance.

Un rápido movimiento de muñeca, y el filo de aquel arma acaba en el centro de la máscara de hueso que cubre el rostro del extraterrestre, que se desploma sobre su propio peso. Justo antes de que el Xeno inerte se consuma, el muchacho susurra unas palabras junto a él, tan flojas que no llego a escucharlas. Después el alienígena se deshace en un polvo grisáceo, y las piezas de su armadura se rompen contra el duro suelo.

Para entonces el hombre ya ha enfundado su arma, y le da la espalda, de camino a la nave. Lleva el cañón del guerrero caído al hombro, como si apropiarse de los restos de aquel desgraciado fuera lo más normal de su día. Cuando me mira, hay tristeza en sus ojos. Pero solo dura un segundo, justo antes de que su mirada vuelva a lucir aquella expresión fría como el hielo. En cambio, su voz es dulce y suave, con un timbre grave, ligeramente ronco, que encuentro seductor.

-Ya ha pasado todo. -Dice él, con su calma habitual. Me hace un gesto para que le siga mientras me vuelve a sonreír. -¿Te llevamos a alguna parte?

miércoles, 18 de julio de 2012

Acto I (9)

Lo primero que escucho es un disparo. <Es el fin...> Pero el pensamiento de mi mente se equivoca. El enorme cañón de anti-materia del Invasor Xeno sigue inerte. No ha acabado conmigo de un tiro. Mis pensamientos se suceden muy rápido, sobretodo cuando el proyectil venido de a saber dónde, golpea al alienígena de armadura blanca, derribándole. Oigo gritos tras de mi. Hay una nave sobrevolando la zona.

Con los motores traseros en reposo, y manteniéndose estable con unas turbinas de gravedad a cada lado, la fragata estelar inicia el viraje con cauta lentitud, con las compuertas de un lado abiertas. En mi azotea, el inagotable Xeno ya ha vuelto a la vida, incorporándose lentamente. Hay un hombre joven en un costado de la nave, observando la escena bajo una mira de precisión. El tirador se, igual que yo, que la nave no llegará a aterrizar a tiempo de que el Invasor lance su contraataque. Con calma, aquel chico le tiende el rifle a un compañero de su tripulación, y salta.

Es una locura saltar de una nave en pleno vuelo, aunque sea estático. Los generadores de gravedad crean un efecto físico que permite viajar a velocidad luz sin acabar aplastados contra la sala de motores por la tracción. Pero al cambiar de la fuerza zero a la gravedad del planeta, el impacto sobre el cuerpo es abrumador. Lo mejor que suele ocurrir es un leve desmayo. Pero hay un serio riesgo de que los nervios del cuerpo acaben dañados. En resumen: Nunca se debe saltar.

Pero aquel joven no solo no está inconsciente cuando aterriza, sino que ha caído ileso de una altura mayor a los diez metros, a unos pasos de donde me encuentro. Me dedica una fría sonrisa antes de que sus ojos me adviertan que me quede quieta. El Invasor, que había estado apuntándome maliciosamente con su cañón, dirige el arma hacia aquel recién llegado. No solo es, evidentemente, una amenaza más urgente; ese mismo joven también es el que le había disparado desde la nave. Ese día descubrí lo rencoroso que podía ser un Xeno...

A aquel joven no parece intimidarle el enorme cañón láser de anti-materia del alienígena. Avanza hacia él con la misma tranquilidad con la que se ha lanzado al vacío. Mientras lo miro, tengo claro que aquel muchacho bravucón va a correr la misma suerte que los soldados y los pasajeros que nos habíamos refugiado en el piso de abajo. No lleva armadura de ninguna clase. Probablemente crea que el campo de escudo, si es que lleva, será capaz de absorber el haz enemigo. <Iluso...>

martes, 17 de julio de 2012

Acto I (8)


Por un segundo, me quedo desconcertada por la sangre del tejado, junto a la barandilla, hasta que recuerdo al fumador que había sobre mi habitación. No queda nada de él. No hay cuerpo. La anti-materia lo ha corroído por completo, hasta los huesos. Solo hay un paquete de tabaco junto a un pequeño rastro de sangre. <¿Esto me va a pasar a mi? No quiero desaparecer...>

El edificio en desuso dónde me encuentro solo tiene dos plantas. Abajo, donde los dormitorios, están los malos. Y aquí arriba no hay escapatoria. Fin del camino. <Salta.> Escucho el susurro de mi conciencia, previniéndome. Me van a disparar. Mi cuerpo se consumirá molécula a molécula. No quiero sufrir. Tal vez, de un salto, podría acabar con aquella tortura. Pero son solo dos pisos, y la gravedad de esta luna parece más débil que la de Orión. No haría más que romperme una pierna, como mucho. Solo postergaría mi sufrimiento aún más.

Y además. Aunque pudiera caer e incorporarme de nuevo sin lesionarme. ¿De que serviría? La nave de transporte ha sido destruida, y en Borealis solo hay hielo. Tarde o temprano se me acabarían las fuerzas, y vendría el frío a reclamarme. No tengo a donde ir, pero... <¿Que puedo hacer? No quiero morir...> Estos parece que van a ser mis últimos pensamientos. Ya veo la oscuridad, y a aquel malnacido extraterrestre subiendo por las escaleras. La raza desconocida. La temida fuerza Xeno: Los Invasores...

<Lo sabe...> De alguna forma lo sabe. Oye mi llanto mientras se acerca hacia mi, con parsimonia. Huele mi miedo. Y ríe. Aquel maldecido disfruta con mi tormento. Está tomándose su tiempo, porque sabe que no queda nadie más que yo. Quiere hacerme sufrir, lo veo en sus ojos. Y se acerca. Se acerca paso a paso, mientras yo me alejo. Al final se me acaba el camino, y choco contra la barandilla de la azotea. Su sonrisa es más evidente, en aquella cara desdibujada y blanca.

Curiosamente, bajo la noche de Borealis, su figura no está tan difusa como cuando atravesó las puertas, bajo el fuego y las balas. Lo miro, con una calma que no augura nada bueno, todavía con Gilda en mis brazos. No es un esqueleto, como me había parecido al principio. Su estructura, sus proporciones.... Todo. Se parece a los humanos. Se cubre con una armadura blanca que le da un aspecto cadaverítico, y el aire a su alrededor fluctúa con pesadez, como si estuviera desdibujándose continuamente en un agujero negro.

El cielo sigue igual de colorido y precioso. Es extraño. Ya no siento frío. Ni miedo. Solo... Espero. Si aquel engendro quiere llevarse mi vida, no lo hará sonriendo, ni viéndome temblar. No veo su cara, pero sé que está perplejo de verme así. Una expresión de triunfo brilla en mis ojos dorados. A lo lejos, una estrella fugaz cruza el cielo que se abre ante mi. No necesito pensar mucho para saber cual es mi deseo. Fuerza. Quiero luchar.

lunes, 16 de julio de 2012

Acto I (7)

Me alejo sin dejar de mirar aquella escena, y recojo a Gilda en mis brazos, que exclama con un maullido airado. No pasa mucho tiempo para que la corrosión de la puerta abra un boquete en el edificio. Entonces, se desata el horror. Un reguero imposible de llamas brota de la mano del soldado humano, mientras el otro sigue gritando con cada descarga de su ametralladora. Pero, por encima de todo, lo que ocurre ahí solo tiene una palabra: Oscuridad.

Los soldados están demasiado enfervorizados cantando victoria como para advertir que el enemigo Xeno no ha sido derribado. Su cuerpo, que es tan inexplicable como la garra de la compuerta, es delgado y de aspecto esquelético. Le rodea una oscuridad que distorsiona la vista, como si fuera un gas muy espeso, que se entremezcla con un liquido espeso y negruzco, parecido al petróleo. Al entrar por aquella abertura, ese líquido manaba por todas partes, incluso a través de las llamas.

Se oyen gritos. Primero el soldado de fuego, y después su compañero. Aquella negrura los ahoga y los consume, mientras sus cuerpos se deshacen, corroídos por la anti-materia. Para entonces, yo ya llevo mucho tiempo corriendo, sin mirar atrás. Gilda me gruñe cuando pasamos de largo la habitación. Se que una puerta de fibra de carbono no les detendrá ahora que han entrado, de modo que abandono allí mi maleta y las cosas cosas de viaje, y me lanzo a todo correr hacia las escaleras que dan a la terraza.

Los otros no han tenido tanta suerte. Mientras corro oigo el zumbido de los disparos, y siento el corazón en el pecho cada vez que uno de aquellos láseres sale disparado. Los haces de anti-materia pasan de largo, o impactan en otros viajeros, que se desploman en el suelo sin hacer eco de su rápida muerte. Otros no tienen tanta suerte, y acaban ahogados por aquel líquido alienígena. Cuando llego a la azotea, estoy llorando. Ya no se oyen gritos, ni disparos. Ya no queda nadie. Solo yo.

Y van a venir a por mi. A rematar el trabajo.

domingo, 15 de julio de 2012

Acto I (6)

De pronto, la puerta cede, atravesada por algo que no se muy bien como explicar. Por el camino, aquella cosa, que se asemeja vagamente a una mano, se encuentra con el torso del guardia herido. Los gritos se acaban de inmediato. Prácticamente, lo parte en dos, mientras todos los que observamos aquella macabra escena gritamos, plantados en el sitio. Por fin, uno de los soldados se da la vuelva para fijarse en mi, aunque tiene demasiado que hacer como para detenerse a explicarme la situación de fuera.

-Largo de aquí, chica. -Me gruñe en su lugar. -Este sitio no es seguro.

<¿Sí? ¿No me digas?> Le miro un buen rato, en shock, antes de decidirme a poner tierra de por medio entre los soldados humanos y los disparos del otro lado. Antes de correr, veo como los dos miembros de la Alianza que quedan con vida, uno de ellos es el piloto, sacan de su cinturón unos viales repletos de un líquido azul eléctrico, que brilla en la tenue luz de aquel pasillo. Aquella debe ser la Sustancia D de la que tanto se enorgullece el ejército terrano. Por un segundo me quedo más tranquila. Dicen que esa cosa no solo da poderes, sino que vuelve a los que la toman invencibles.

Como para demostrar la verdad de mis pensamientos, uno de los guardias, el supervisor, extiende la mano abierta hacia arriba. De la palma brotan llamas que rodean todo el puño sin quemarle. En sus ojos hay un brillo demente, mientras se aleja un par de pasos y espera a que la compuerta se abra para chamuscar al primer alien que la cruce. El otro, el piloto, no está tan acostumbrado a aquel néctar genético, y se aleja entre espasmos mientras intenta acertar al seguro corredero de su arma.

Por un segundo, nuestras miradas se cruzan. Tiene las pupilas dilatadas, de un color que ya no es negro, sino un azul cobalto en el que saltan chispas. Es el mismo color que han adquirido sus venas, dilatándose y engordando sus músculos. Se vuelve con una expresión animal en su rostro, salvaje y descontrolada, mientras de su garganta brota un rugido de furia primitiva. Extiende el arma con impaciencia, mientras aquella mano o garra espectral continúa atravesando el material de la puerta.

sábado, 14 de julio de 2012

Acto I (5)

La incertidumbre me está dejando los nervios a flor de piel. Necesito salir, y ver lo que está pasando en el exterior. Y, tal vez, encontrar a otros turistas, que me digan lo que han visto. Me abrocho la chaqueta de nieve, todavía acuclillada por si un disparo perdido vuelve a atravesar mi habitación. Al abrir la puerta me tiemblan las manos, imaginando que un feo y monstruoso alienígena me espera al otro lado. Finalmente salgo al pasillo. No hay alien. De hecho, no hay nadie. El corredor, igual que mi compartimento, muestra las cicatrices corrosivas de los disparos.

Gilda me sigue, mientras recorro agachada el pasillo circular que da al resto de habitaciones. De camino, me paro a llamar a algunas puertas, aunque solo recibo un temeroso silencio o unos gritos nerviosos como respuesta. Finalmente desisto de poder hablar con nadie del vagón de pasajeros, y alcanzo las puertas del exterior. Están cerradas, pero el frío viento de fuera se escucha con claridad, golpeando el mamparo del blindaje aislante. De pronto, mientras todavía pienso en si salir o volver a mi sala, oigo a alguien teclear el código de acceso, y la puerta se abre hacia arriba en silencio.

Son los guardias de la Alianza. Tres de ellos. A lo lejos, veo nuestra nave. O lo que queda de ella. Los disparos de anti-materia la han corroído por completo, hasta dejar solo un armazón esquelético y totalmente inservible. Mis ojos, abiertos como platos, se clavan en la horrible escena de la cabina inferior, donde la torreta militar, y el último soldado, son ahora una masa deforme que exhala humo. Mientras los guardias se refugian dentro, un disparo golpea en el hombro a uno de ellos.

El escudo reflector de la armadura de combate terrana se ilumina a unos centímetros del chaleco, con aquel brillo azul espectral, absorbiendo el impacto. Pero la anti-materia se extiende a una velocidad asombrosa, rompiendo la armadura y atravesando el brazo del hombre, que cae al suelo con un grito de dolor. Mientras tanto, otro de sus compañeros alcanza a teclear el código de cierre en un panel holográfico cercano, y las compuertas vuelven a sellarse con un golpe seco.

Están demasiado ocupados tratando de contener la corrosión del soldado caído, que ha pasado del blindaje a la carne en un suspiro. Nadie me presta atención. A mi lado, Gilda bufa y se eriza. Pero no está reaccionando a los soldados, sino a lo que hay más allá de la puerta. Consiguen levantar al herido, que se apoya con dificultad sobre la compuerta blindada. La anti-materia ya ha atravesado la piel, y está quemando sus músculos. Los gritos no paran, y mucha gente sale al pasillo.

viernes, 13 de julio de 2012

Acto I (4)

Han sonado las alarmas del complejo. Sean quienes sean nuestros atacantes, ya se han puesto en serio. Por todas partes se oye el zumbido apagado de esas extrañas armas láser. Es apenas un silbido, muy silencioso. Sin embargo, el sonido que si que se oye con claridad es el de los impactos, cuando la carne, la piedra o el metal se corroe sin resistencia. De repente oigo otro sonido, el de un maullido lastimero. ¡Gilda!

La pequeña gata ronronea cuando la llamo. Está escondida bajo la cama, como suele hacer cuando está en una casa que no conoce. Asoma tímidamente la cabeza en cuanto escucha el timbre de miedo que debe de haber en mi voz. Gilda me mira con esos profundos ojos verdes, y se acerca para acariciarme la mano con su cabecita inquieta. Es una gata blanca, joven, con algunas manchas pardas en las orejas y el lomo. Está extrañamente tranquila, como si el peligro del exterior fuera para ella el anuncio de un juego interesante que aún desconoce.

Ella no sabe porqué hay agujeros en la pared de la habitación, por donde entra un aire helado y neblinoso del exterior. Tampoco sabe la suerte que tiene de ser uno de los pocos felinos que quedan. Tal vez eche de menos la compañía de otros gatos, no lo sé. La mayoría de los animales de la Vieja Tierra solo pueden adaptarse al clima desgastado del planeta azul. Los gatos, junto con un puñado de afortunados miembros de la flora y la fauna terrestre, han conseguido adaptarse a casi todos los planetas colonizados por la Alianza Terrana.

Aun así, continúan en peligro de extinción. La radiación del planeta, un regalo que ha durado desde el final nuclear de la Tercera Guerra Mundial, y los feroces depredadores de las colonias espaciales ha reducido en gran medida el número de felinos fértiles. Gilda es una gatita afortunada, pues todavía es parte de es grupo de Primera Generación, libre de la esterilización radiactiva y de los intentos genéticos que se han dado en el resto de especies.

Mientras abrazo con fuerza a mi afortunada minina, pienso en la situación que continúa a nuestro alrededor, a los pies de este edificio abandonado de investigación Terrana. Por el sonido de los ahogados disparos láser, y de las armas de proyectiles humanas, parece que el tiroteo está ya en su punto más duro. Afortunadamente, ni un bando ni otro cuenta con un ejército numeroso. Las naves espaciales de la Alianza Terrana tienen mucha menos capacidad de lo que parecen, pues casi todo su tamaño está reservado a los motores de energía azul y a la cabina de mando. Con el resto de especies, pasa igual.

Nuestro transporte civil tenía capacidad para unos veinte pasajeros, que ahora estarán, como yo, acurrucados en sus cuartos, esperando el final de los disparos. Solo dos guardias armados viajan en nuestro compartimento, como supervisores, mientras que otro vuela en la escotilla de guardia, a los mandos de una torreta automatizada. Es una protección mínima, que no suele tener mayor función que la de espantar a los piratas y saqueadores de otras naves. Ah, y el piloto, que también ha recibido formación militar. Esas son las armas con las que contamos para defender la zona.

jueves, 12 de julio de 2012

Acto I (3)


<Piratas.> Es mi primer pensamiento, tras aquel primer momento de incertidumbre. Mi mente ya está trabajado de nuevo para unir las piezas. El ruido metálico ha tenido que ser un viraje forzoso contra el fuerte viento helado del exterior. Y el estruendo del motor ha sonado demasiado cerca, en el lugar donde han debido precipitarse en un apurado aterrizaje de emergencia. Han tenido que ver las luces que delatan nuestra posición, seguro.

El calor del chocolate empaña los cristales, pero no me atrevo a pasar la mano para quitar el vaho. Y los minutos pasan, sin escuchar otra cosa que el silencio de la noche, y sin ver absolutamente nada. Empiezo a creer que han sido todo imaginaciones mías, tal vez un producto del sueño. Tal vez solo ha sido... Joder. Algo se ha movido. Están ahí fuera. No se lo que son, pero se acercan.

De pronto, una luz se enciende sobre mi cabeza. Es uno de los viajeros de mi nave, que ha salido a la terraza a fumar. Tengo mejor vista que los humanos corrientes, y a veces me sobresalto con estas cosas. Solo ha sido el fuego del mechero. Pero no soy la única en advertir esa pequeñísima luz, y todo se precipita al caos en un instante. Lo primero que recuerdo mientras me tiro contra el suelo es el ruido de un disparo ensordecedor.

Un instante antes de esconderme, aterrada, veo como la colilla recién encendida cae por la barandilla de la azotea, y pasa durante una fracción de segundo por delante de mi ventana. Después cae el fumador, golpeando como un fardo el techo que hay sobre mi. Grito, y ese es mi mayor error. Cuando el tirador localiza el ruido, por suerte, ya me he lanzado cuerpo a tierra. Los siguientes dos disparos atraviesan el cristal y la pared de mi habitación, y se me hiela la sangre.

Había pensado que una nave proteana se había estrellado en aquella luna, posiblemente huyendo de alguna patrulla justiciera, de esas que van de sistema en sistema cazando a los hostiles. La verdad es mucho peor. Las balas han atravesado la pared como si fuera mantequilla ardiendo, tanto por la pared que han entrado como por el hueco de salida, y alrededor de los impactos la estructura ha comenzado a deshacerse como si fuera ácido.

Ninguna especie tiene la potencia de fuego que posee la anti-materia. Ninguna, ni siquiera los conquistadores Prime, con sus cañones y sus blindados. A no ser... Pero solo es un cuento de viejas. Leyendas de miedo que todos los niños nos hemos contado junto a una hoguera. ¿O no son solo historias? De ser verdad los rumores, esta debe ser una de esas ocasiones que marcan la historia bélica de una nación. La primera vez que los Invasores Xeno atacan un grupo humano.

miércoles, 11 de julio de 2012

Acto I (2)

Físicamente no soy distinta a cualquier otra chica de mi entorno. A punto de cumplir los veinticuatro años, y sigo siendo bastante bajita. Por lo que dicen, cuando las chicas Eldaar dan el “estirón”, lo hacen en mayúsculas, y pasan de ser unos retacos a tomar la forma de una mujer despampanante, muy alta y con unas piernas larguísimas, como las modelos. Los chicos, da igual que sean humanos o de “fuera”, parece que solo piensan en conocer a una de esas jóvenes Eldaar, tan de cerca como les sea posible. Y yo aquí sigo, con mi metro cincuenta propio de las mortales.

La verdad es que tampoco tengo de que quejarme. Para el estándar humano, sigo siendo bastante mona. Con mi cuerpo delgadito y mis curvas marcadas. Con una cara redondeada y una sonrisilla tímida. Mi pelo, larguísimo, de un color castaño claro, con brillos rojizos. Y mis ojos, de un color dorado, bonitos. Eso, junto con mi piel suave y lisa. Sí, se podría decir que soy bastante guapa.

Tengo buena vista, incluso de noche, y una buena piel, resistente al calor y a las quemaduras del sol. En eso puede que tenga algo de sangre espacial. Sin olvidar que, cuando me enfado, y también cuando me excito, me pongo bastante roja. Por eso, cuando tuve ocasión, me despedí de mi familia para viajar en la primera lanzadera rumbo a Caah' Gamma, la colonia extra-humana más próxima.

Por suerte, soy previsora, y llevaba suficiente ropa de abrigo cuando nos dijeron que íbamos a estacionar en un planeta del Imperio Terrano. Solo los viajes que salían de la Tierra y los que podían permitirse los ricos utilizaban portales de gusano como el Puente de Heimdall. El resto de naves se trasladaban mediante motores de energía azul, derivada del Deuterio terrestre.

Y aquí estoy, esperando en la superficie helada a que acaben de repostar el codiciado combustible. El problema es que este mundo, Borealis lo llaman, es uno de esos planetas alejados de cualquier sol, con inviernos larguísimos y temperaturas bajo cero. Los surtidores están congelados, y no quieren arriesgarse a encender sopletes en medio de la oscuridad de la noche. De modo que nos han trasladado a un edificio en desuso, seguramente uno de aquellos primeros hangares que los colonos construían allí donde iban, para que llegaran detrás otras naves.

Es evidente que eligieron otra luna más cálida, cuando vieron el panorama. He pedido un chocolate caliente en una máquina. Por suerte, no estaba congelado, y el surtidor del camarero automático me ha podido ofrecer una bebida reconfortante. Mientras me lo tomo, estoy mirando por la ventana de la habitación que me han ofrecido para instalarme estas horas de oscuridad. La vista del horizonte es lo que se puede uno imaginar de un planeta helado: Nada. Un completo y total aburrimiento.

En cambio, el firmamento, visto desde aquel lugar, es sencillamente impresionante. Ahora se porque llaman a aquella luna Borealis. Un cielo de miles de colores baila con calma en la apacible noche. Y más allá, miles de estrellas se muestran tan brillantes que parece que puedas tomarlas una a una con los dedos. La niebla colorida de aquel lugar también sale del suelo, en algunos sitios, como un geiser al que han puesto todas las luces de navidad. Es un espectáculo precioso. Sobretodo, aquí, refugiados del inclemente viento que se nos llevaría volando si estuviéramos al raso.

Todavía estoy apurándome el último trago de chocolate, y el calor me deja relajada, en un estado de tranquilidad que me adormece. Aún quedan unas pocas horas para seguir el viaje, y no me importaría descansar un rato. Esos eran los pensamientos que tenía en mente, mientras mis ojos miraban de reojo la pequeña litera que había en ese cuarto, cuando un fogonazo me sobresaltó. Al principio, creí que se trataba de una de aquellas luces árticas. Después escuché el ruido.

Me asomo al pasillo, pero todo el mundo está ya durmiendo. <Seguramente no ha sido nada...> Pero mientras me estoy yendo a la cama, un nuevo ruido se escucha, esta vez más cerca. Estoy segura de que eso no lo ha hecho el viento. Suena como el hierro congelándose. Y eso último... No hay duda de que ha sido la turbina de un motor. De esos que usan las naves espaciales. Pero no es humano. La energía azul es silenciosa. De repente, me está entrando mucho mal rollo...

martes, 10 de julio de 2012

Acto I (1)

Los Invasores


-Maestro, quisiera saber como viven los peces en el mar.

-Como los hombres en la tierra: Los grandes se comen a los pequeños.”

William Shakespeare

<Brrr> Que frío hace en esta roca dejada de la mano de Dios. Parece que el verano, como tantas otras cosas, afecta de un modo distinto, dependiendo de si estás en la comodidad de casa o en una luna helada en el culo del mundo. Pero merece la pena por descubrir los secretos que hay más allá de las cuatro paredes que tenemos vistas. Pero me estoy adelantando, cuando sería más correcto empezar con una presentación.

Mi nombre es Teresa, aunque todo el mundo me llama Ruby. Nací en el extrarradio del Velo, en una colonia lejana llamada Orión, que nada tiene que ver con la constelación que se ve desde la Vía Láctea. Imagino que los primeros colonos tenían morriña de su antiguo hogar. Y no es de extrañar. No conozco la Tierra. Todo el mundo sabe que nuestro planeta hogar cerró las puertas para no desbordar la población que lo ocupa. Pero de cualquier modo, puedo asegurar que nuestra pequeña colonia no tiene nada que ver con el gran planeta azul.

Orión nunca fue nada más que un conjunto de granjas de engorde, alrededor de un cráter donde se había formado un estanque de agua dulce. Casi todas las familias de los primeros colonos tenían a su cargo un tipo de animal rechoncho que llamaban Grizzo. Decían que aquella bola de pelo espacial con pinta de oveja era afable e inofensiva, pero a mi siempre me habían dado algo de miedo, al ver los dos colmillos inferiores y el cuerno que tenían en la frente.

Mi madre se ganaba la vida ayudando en la granja de una familia china de clase media, mientras yo salía a jugar con los otros niños en la orilla del lago. Como siempre estaba trabajando, tuvo que criarme mi abuela. Me enseñó todo lo que sabía, y gracias a su paciencia pude labrarme unos estudios con los que poder salir algún día de esa roca empobrecida. Ella siempre me decía que había heredado el amor a la naturaleza de mi padre, y que su sangre Eldaar corría por mis venas. Nunca llegué a conocerle.

Tal vez fuera cierto que tengo sangre mestiza. Muchas especies avanzadas coexisten en esta época, y llegan a amarse a pesar de las barreras culturales. No suelen darse muchos casos de embarazo en las relaciones de estos seres del espacio, cuando se juntan con humanos, pero ya ha ocurrido otras veces. Mi madre no suele hablar de esa época. Solo dice que él se largó para no verla envejecer. Para entonces, ella ya estaba embarazada, sin que él lo supiera.

Los Eldaar viven muchos más siglos que los humanos, y he llegado a entender que tengan un concepto del apego distinto al nuestro. En cambio, mi madre nunca le perdonó, y la rabia le hecho mucho daño durante este tiempo. Esa fue una de las razones por las que me embarqué en este viaje. No solo quería ver mundo y conocer lo que había más allá de esta roca aburrida. También quería respuestas. Quería encontrar a mi padre, y entender mejor lo que ocurrió. Y entenderme también a mi misma, si es que realmente he llegado a adquirir las características de su raza.