miércoles, 11 de julio de 2012

Acto I (2)

Físicamente no soy distinta a cualquier otra chica de mi entorno. A punto de cumplir los veinticuatro años, y sigo siendo bastante bajita. Por lo que dicen, cuando las chicas Eldaar dan el “estirón”, lo hacen en mayúsculas, y pasan de ser unos retacos a tomar la forma de una mujer despampanante, muy alta y con unas piernas larguísimas, como las modelos. Los chicos, da igual que sean humanos o de “fuera”, parece que solo piensan en conocer a una de esas jóvenes Eldaar, tan de cerca como les sea posible. Y yo aquí sigo, con mi metro cincuenta propio de las mortales.

La verdad es que tampoco tengo de que quejarme. Para el estándar humano, sigo siendo bastante mona. Con mi cuerpo delgadito y mis curvas marcadas. Con una cara redondeada y una sonrisilla tímida. Mi pelo, larguísimo, de un color castaño claro, con brillos rojizos. Y mis ojos, de un color dorado, bonitos. Eso, junto con mi piel suave y lisa. Sí, se podría decir que soy bastante guapa.

Tengo buena vista, incluso de noche, y una buena piel, resistente al calor y a las quemaduras del sol. En eso puede que tenga algo de sangre espacial. Sin olvidar que, cuando me enfado, y también cuando me excito, me pongo bastante roja. Por eso, cuando tuve ocasión, me despedí de mi familia para viajar en la primera lanzadera rumbo a Caah' Gamma, la colonia extra-humana más próxima.

Por suerte, soy previsora, y llevaba suficiente ropa de abrigo cuando nos dijeron que íbamos a estacionar en un planeta del Imperio Terrano. Solo los viajes que salían de la Tierra y los que podían permitirse los ricos utilizaban portales de gusano como el Puente de Heimdall. El resto de naves se trasladaban mediante motores de energía azul, derivada del Deuterio terrestre.

Y aquí estoy, esperando en la superficie helada a que acaben de repostar el codiciado combustible. El problema es que este mundo, Borealis lo llaman, es uno de esos planetas alejados de cualquier sol, con inviernos larguísimos y temperaturas bajo cero. Los surtidores están congelados, y no quieren arriesgarse a encender sopletes en medio de la oscuridad de la noche. De modo que nos han trasladado a un edificio en desuso, seguramente uno de aquellos primeros hangares que los colonos construían allí donde iban, para que llegaran detrás otras naves.

Es evidente que eligieron otra luna más cálida, cuando vieron el panorama. He pedido un chocolate caliente en una máquina. Por suerte, no estaba congelado, y el surtidor del camarero automático me ha podido ofrecer una bebida reconfortante. Mientras me lo tomo, estoy mirando por la ventana de la habitación que me han ofrecido para instalarme estas horas de oscuridad. La vista del horizonte es lo que se puede uno imaginar de un planeta helado: Nada. Un completo y total aburrimiento.

En cambio, el firmamento, visto desde aquel lugar, es sencillamente impresionante. Ahora se porque llaman a aquella luna Borealis. Un cielo de miles de colores baila con calma en la apacible noche. Y más allá, miles de estrellas se muestran tan brillantes que parece que puedas tomarlas una a una con los dedos. La niebla colorida de aquel lugar también sale del suelo, en algunos sitios, como un geiser al que han puesto todas las luces de navidad. Es un espectáculo precioso. Sobretodo, aquí, refugiados del inclemente viento que se nos llevaría volando si estuviéramos al raso.

Todavía estoy apurándome el último trago de chocolate, y el calor me deja relajada, en un estado de tranquilidad que me adormece. Aún quedan unas pocas horas para seguir el viaje, y no me importaría descansar un rato. Esos eran los pensamientos que tenía en mente, mientras mis ojos miraban de reojo la pequeña litera que había en ese cuarto, cuando un fogonazo me sobresaltó. Al principio, creí que se trataba de una de aquellas luces árticas. Después escuché el ruido.

Me asomo al pasillo, pero todo el mundo está ya durmiendo. <Seguramente no ha sido nada...> Pero mientras me estoy yendo a la cama, un nuevo ruido se escucha, esta vez más cerca. Estoy segura de que eso no lo ha hecho el viento. Suena como el hierro congelándose. Y eso último... No hay duda de que ha sido la turbina de un motor. De esos que usan las naves espaciales. Pero no es humano. La energía azul es silenciosa. De repente, me está entrando mucho mal rollo...

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