Físicamente no soy
distinta a cualquier otra chica de mi entorno. A punto de cumplir los
veinticuatro años, y sigo siendo bastante bajita. Por lo que dicen,
cuando las chicas
Eldaar dan el “estirón”, lo hacen en
mayúsculas, y pasan de ser unos retacos a tomar la forma de una
mujer despampanante, muy alta y con unas piernas larguísimas, como
las modelos. Los chicos, da igual que sean humanos o de “fuera”,
parece que solo piensan en conocer a una de esas jóvenes
Eldaar,
tan de cerca como les sea posible. Y yo aquí sigo, con mi metro
cincuenta propio de las mortales.
La verdad es que tampoco
tengo de que quejarme. Para el estándar humano, sigo siendo bastante
mona. Con mi cuerpo delgadito y mis curvas marcadas. Con una cara
redondeada y una sonrisilla tímida. Mi pelo, larguísimo, de un
color castaño claro, con brillos rojizos. Y mis ojos, de un color
dorado, bonitos. Eso, junto con mi piel suave y lisa. Sí, se podría
decir que soy bastante guapa.
Tengo buena vista,
incluso de noche, y una buena piel, resistente al calor y a las
quemaduras del sol. En eso puede que tenga algo de sangre espacial.
Sin olvidar que, cuando me enfado, y también cuando me excito, me
pongo bastante roja. Por eso, cuando tuve ocasión, me despedí de mi
familia para viajar en la primera lanzadera rumbo a Caah' Gamma,
la colonia extra-humana más próxima.
Por suerte, soy
previsora, y llevaba suficiente ropa de abrigo cuando nos dijeron que
íbamos a estacionar en un planeta del Imperio Terrano. Solo
los viajes que salían de la Tierra y los que podían permitirse los
ricos utilizaban portales de gusano como el Puente de
Heimdall. El resto de naves se trasladaban mediante motores de
energía azul, derivada del Deuterio terrestre.
Y aquí estoy, esperando
en la superficie helada a que acaben de repostar el codiciado
combustible. El problema es que este mundo, Borealis lo
llaman, es uno de esos planetas alejados de cualquier sol, con
inviernos larguísimos y temperaturas bajo cero. Los surtidores están
congelados, y no quieren arriesgarse a encender sopletes en medio de
la oscuridad de la noche. De modo que nos han trasladado a un
edificio en desuso, seguramente uno de aquellos primeros hangares que
los colonos construían allí donde iban, para que llegaran detrás
otras naves.
Es evidente que eligieron
otra luna más cálida, cuando vieron el panorama. He pedido un
chocolate caliente en una máquina. Por suerte, no estaba congelado,
y el surtidor del camarero automático me ha podido ofrecer una
bebida reconfortante. Mientras me lo tomo, estoy mirando por la
ventana de la habitación que me han ofrecido para instalarme estas
horas de oscuridad. La vista del horizonte es lo que se puede uno
imaginar de un planeta helado: Nada. Un completo y total
aburrimiento.
En cambio, el firmamento,
visto desde aquel lugar, es sencillamente impresionante. Ahora se
porque llaman a aquella luna Borealis. Un cielo de miles de
colores baila con calma en la apacible noche. Y más allá, miles de
estrellas se muestran tan brillantes que parece que puedas tomarlas
una a una con los dedos. La niebla colorida de aquel lugar también
sale del suelo, en algunos sitios, como un geiser al que han puesto
todas las luces de navidad. Es un espectáculo precioso. Sobretodo,
aquí, refugiados del inclemente viento que se nos llevaría volando
si estuviéramos al raso.
Todavía estoy apurándome
el último trago de chocolate, y el calor me deja relajada, en un
estado de tranquilidad que me adormece. Aún quedan unas pocas horas
para seguir el viaje, y no me importaría descansar un rato. Esos
eran los pensamientos que tenía en mente, mientras mis ojos miraban
de reojo la pequeña litera que había en ese cuarto, cuando un
fogonazo me sobresaltó. Al principio, creí que se trataba de una de
aquellas luces árticas. Después escuché el ruido.
Me asomo al pasillo, pero
todo el mundo está ya durmiendo. <Seguramente no ha sido nada...>
Pero mientras me estoy yendo a la cama, un nuevo ruido se escucha,
esta vez más cerca. Estoy segura de que eso no lo ha hecho el
viento. Suena como el hierro congelándose. Y eso último... No hay
duda de que ha sido la turbina de un motor. De esos que usan las
naves espaciales. Pero no es humano. La energía azul es silenciosa.
De repente, me está entrando mucho mal rollo...