-Largo de aquí, chica.
-Me gruñe en su lugar. -Este sitio no es seguro.
<¿Sí? ¿No me
digas?> Le miro un buen rato, en shock, antes de decidirme a poner
tierra de por medio entre los soldados humanos y los disparos del
otro lado. Antes de correr, veo como los dos miembros de la Alianza
que quedan con vida, uno de ellos es el piloto, sacan de su cinturón
unos viales repletos de un líquido azul eléctrico, que brilla en la
tenue luz de aquel pasillo. Aquella debe ser la Sustancia D de
la que tanto se enorgullece el ejército terrano. Por un segundo me
quedo más tranquila. Dicen que esa cosa no solo da poderes, sino que
vuelve a los que la toman invencibles.
Como para demostrar la
verdad de mis pensamientos, uno de los guardias, el supervisor,
extiende la mano abierta hacia arriba. De la palma brotan llamas que
rodean todo el puño sin quemarle. En sus ojos hay un brillo demente,
mientras se aleja un par de pasos y espera a que la compuerta se abra
para chamuscar al primer alien que la cruce. El otro, el piloto, no
está tan acostumbrado a aquel néctar genético, y se aleja entre
espasmos mientras intenta acertar al seguro corredero de su arma.
Por un segundo, nuestras
miradas se cruzan. Tiene las pupilas dilatadas, de un color que ya no
es negro, sino un azul cobalto en el que saltan chispas. Es el mismo
color que han adquirido sus venas, dilatándose y engordando sus
músculos. Se vuelve con una expresión animal en su rostro, salvaje
y descontrolada, mientras de su garganta brota un rugido de furia
primitiva. Extiende el arma con impaciencia, mientras aquella mano o
garra espectral continúa atravesando el material de la puerta.
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