martes, 17 de julio de 2012

Acto I (8)


Por un segundo, me quedo desconcertada por la sangre del tejado, junto a la barandilla, hasta que recuerdo al fumador que había sobre mi habitación. No queda nada de él. No hay cuerpo. La anti-materia lo ha corroído por completo, hasta los huesos. Solo hay un paquete de tabaco junto a un pequeño rastro de sangre. <¿Esto me va a pasar a mi? No quiero desaparecer...>

El edificio en desuso dónde me encuentro solo tiene dos plantas. Abajo, donde los dormitorios, están los malos. Y aquí arriba no hay escapatoria. Fin del camino. <Salta.> Escucho el susurro de mi conciencia, previniéndome. Me van a disparar. Mi cuerpo se consumirá molécula a molécula. No quiero sufrir. Tal vez, de un salto, podría acabar con aquella tortura. Pero son solo dos pisos, y la gravedad de esta luna parece más débil que la de Orión. No haría más que romperme una pierna, como mucho. Solo postergaría mi sufrimiento aún más.

Y además. Aunque pudiera caer e incorporarme de nuevo sin lesionarme. ¿De que serviría? La nave de transporte ha sido destruida, y en Borealis solo hay hielo. Tarde o temprano se me acabarían las fuerzas, y vendría el frío a reclamarme. No tengo a donde ir, pero... <¿Que puedo hacer? No quiero morir...> Estos parece que van a ser mis últimos pensamientos. Ya veo la oscuridad, y a aquel malnacido extraterrestre subiendo por las escaleras. La raza desconocida. La temida fuerza Xeno: Los Invasores...

<Lo sabe...> De alguna forma lo sabe. Oye mi llanto mientras se acerca hacia mi, con parsimonia. Huele mi miedo. Y ríe. Aquel maldecido disfruta con mi tormento. Está tomándose su tiempo, porque sabe que no queda nadie más que yo. Quiere hacerme sufrir, lo veo en sus ojos. Y se acerca. Se acerca paso a paso, mientras yo me alejo. Al final se me acaba el camino, y choco contra la barandilla de la azotea. Su sonrisa es más evidente, en aquella cara desdibujada y blanca.

Curiosamente, bajo la noche de Borealis, su figura no está tan difusa como cuando atravesó las puertas, bajo el fuego y las balas. Lo miro, con una calma que no augura nada bueno, todavía con Gilda en mis brazos. No es un esqueleto, como me había parecido al principio. Su estructura, sus proporciones.... Todo. Se parece a los humanos. Se cubre con una armadura blanca que le da un aspecto cadaverítico, y el aire a su alrededor fluctúa con pesadez, como si estuviera desdibujándose continuamente en un agujero negro.

El cielo sigue igual de colorido y precioso. Es extraño. Ya no siento frío. Ni miedo. Solo... Espero. Si aquel engendro quiere llevarse mi vida, no lo hará sonriendo, ni viéndome temblar. No veo su cara, pero sé que está perplejo de verme así. Una expresión de triunfo brilla en mis ojos dorados. A lo lejos, una estrella fugaz cruza el cielo que se abre ante mi. No necesito pensar mucho para saber cual es mi deseo. Fuerza. Quiero luchar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario