Por un segundo, me quedo
desconcertada por la sangre del tejado, junto a la barandilla, hasta
que recuerdo al fumador que había sobre mi habitación. No queda
nada de él. No hay cuerpo. La anti-materia lo ha corroído por
completo, hasta los huesos. Solo hay un paquete de tabaco junto a un
pequeño rastro de sangre. <¿Esto me va a pasar a mi? No quiero
desaparecer...>
El edificio en desuso
dónde me encuentro solo tiene dos plantas. Abajo, donde los
dormitorios, están los malos. Y aquí arriba no hay escapatoria. Fin
del camino. <Salta.> Escucho el susurro de mi conciencia,
previniéndome. Me van a disparar. Mi cuerpo se consumirá molécula
a molécula. No quiero sufrir. Tal vez, de un salto, podría acabar
con aquella tortura. Pero son solo dos pisos, y la gravedad de esta
luna parece más débil que la de Orión. No haría más que
romperme una pierna, como mucho. Solo postergaría mi sufrimiento aún
más.
Y además. Aunque pudiera
caer e incorporarme de nuevo sin lesionarme. ¿De que serviría? La
nave de transporte ha sido destruida, y en Borealis solo hay
hielo. Tarde o temprano se me acabarían las fuerzas, y vendría el
frío a reclamarme. No tengo a donde ir, pero... <¿Que puedo
hacer? No quiero morir...> Estos parece que van a ser mis últimos
pensamientos. Ya veo la oscuridad, y a aquel malnacido extraterrestre
subiendo por las escaleras. La raza desconocida. La temida fuerza
Xeno: Los Invasores...
<Lo sabe...> De alguna forma lo sabe. Oye mi llanto mientras se acerca hacia mi, con parsimonia. Huele mi miedo. Y ríe. Aquel maldecido disfruta con mi tormento. Está tomándose su tiempo, porque sabe que no queda nadie más que yo. Quiere hacerme sufrir, lo veo en sus ojos. Y se acerca. Se acerca paso a paso, mientras yo me alejo. Al final se me acaba el camino, y choco contra la barandilla de la azotea. Su sonrisa es más evidente, en aquella cara desdibujada y blanca.
Curiosamente, bajo la
noche de Borealis, su figura no está tan difusa como cuando
atravesó las puertas, bajo el fuego y las balas. Lo miro, con una
calma que no augura nada bueno, todavía con Gilda en mis brazos. No
es un esqueleto, como me había parecido al principio. Su estructura,
sus proporciones.... Todo. Se parece a los humanos. Se cubre con una
armadura blanca que le da un aspecto cadaverítico, y el aire a su
alrededor fluctúa con pesadez, como si estuviera desdibujándose
continuamente en un agujero negro.
El cielo sigue igual de
colorido y precioso. Es extraño. Ya no siento frío. Ni miedo.
Solo... Espero. Si aquel engendro quiere llevarse mi vida, no lo hará
sonriendo, ni viéndome temblar. No veo su cara, pero sé que está
perplejo de verme así. Una expresión de triunfo brilla en mis ojos
dorados. A lo lejos, una estrella fugaz cruza el cielo que se abre
ante mi. No necesito pensar mucho para saber cual es mi deseo.
Fuerza. Quiero luchar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario