Quien tuvo la fuerza
militar, lanzó sus misiles. Y los que no contaban con esa potencia,
corrieron a esconderse bajo una confortable piedra. De cualquier
modo, el daño estaba ya hecho. Pronto, el fuego nuclear llenó el
cielo con aquel espectral brillo rojizo, y del aire llovía día y
noche, un reguero constante de ceniza negra, como un vago recuerdo de
todo aquello que había sido borrado del mapa. Tras aquel primer
envite, y mientras el vaho tóxico de los residuos aún no se había
posado en la tierra, ya era un hecho indiscutible que las cosas
habían cambiado a marchas forzadas.
Cuando se disipó el
humo, y tras el desolador recuento de bajas, se estableció una paz
que no convencía a nadie, basada en acuerdos de explotación y de
fronteras, mientras medio mundo se desangraba entre los páramos
yermos de los desiertos atómicos. Grandes potencias mundiales, como
los Estados Unidos, o los emiratos árabes eran solo un recuerdo
neblinoso, igual que gran parte de los países de Europa Central.
Quienes pasaron a recoger
el testigo fueron aquellas naciones emergentes, cuya población era
tan superior en número al resto de áreas, que habían podido
sobreponerse de las bombas con relativa facilidad, mientras el resto
del mundo aún miraba el periódico desconcertado. Entre ellas
estaban el gigante Chino, y la India, que pronto se repartieron las
tareas de reconstrucción de su Nuevo Mundo. Curiosamente, la vida
había vuelto a su curso antes de lo que parecía posible.
El siguiente progreso llegó en la mitad de aquel extraño siglo XXII, de manos de un equipo de investigadores indios con un ambicioso plan que respondía al nombre de Proyecto Ares. En el transcurso de aquellas décadas de la post-guerra, un grupo de científicos y pensadores habían logrado establecer una base operativa en el espacio, que permitía atraer las ondas electromagnéticas de los campos de gravedad y utilizar esa carga magnética como fuerza de impulso.
Así se construyó la estación Krishna, como un centro de operaciones que orbitaba junto a un complejo colosal estacionado en la superficie lunar. Las ondas espaciales circulaban sobre la estación, como en un gigantesco imán, creando una brecha en la distorsión del espacio-tiempo, un fenómeno que los entendidos en física llamaban de forma coloquial el agujero de gusano. Aquel mismo año, la fragata espacial Loëw, fue la primera nave tripulada en atravesar el Velo.
Otras lo siguieron, dispuestas a colonizar el espacio en busca del sustento que la Tierra se negaba a seguir proporcionándole a sus habitantes. El viaje a través del Puente de Heimdall, como se bautizó a aquel agujero físico, era completamente seguro, y conseguía superar la velocidad de la luz sin poner en riesgo la vida a bordo. En resumen: La raza humana había dado otro paso más en su carrera conquistadora, esta vez apropiándose de las estrellas más lejanas.
Fue en medio de toda aquella alegría expansiva cuando llegó la siguiente gran noticia, aquella para la que muchos no estaban preparados y que lo cambiaría todo por completo. Sucedió apenas una década más tarde de que se instalaran las primeras colonias fuera del planeta Tierra. El 2 de Julio de 2162 es la fecha en la que el ser humano tuvo contacto con una forma de vida extraterrestre. No estábamos solos en el Universo, como nos habíamos empeñado en creer.
Tras aquello, la
Humanidad tuvo que replantearse su existencia y su mentalidad. Ya no
eramos el ombligo del mundo. Ya no eramos más los reyes de la
creación. La realidad cayó encima de todos aquellos escépticos
cuando una de las colonias humanas fuera del Velo fue
aniquilada. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de quiénes eramos:
Una especie joven y retrógrada, en comparación con el Universo
hostil y avanzado al que nos habíamos querido abrir paso antes de
tiempo.
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