miércoles, 18 de julio de 2012

Acto I (9)

Lo primero que escucho es un disparo. <Es el fin...> Pero el pensamiento de mi mente se equivoca. El enorme cañón de anti-materia del Invasor Xeno sigue inerte. No ha acabado conmigo de un tiro. Mis pensamientos se suceden muy rápido, sobretodo cuando el proyectil venido de a saber dónde, golpea al alienígena de armadura blanca, derribándole. Oigo gritos tras de mi. Hay una nave sobrevolando la zona.

Con los motores traseros en reposo, y manteniéndose estable con unas turbinas de gravedad a cada lado, la fragata estelar inicia el viraje con cauta lentitud, con las compuertas de un lado abiertas. En mi azotea, el inagotable Xeno ya ha vuelto a la vida, incorporándose lentamente. Hay un hombre joven en un costado de la nave, observando la escena bajo una mira de precisión. El tirador se, igual que yo, que la nave no llegará a aterrizar a tiempo de que el Invasor lance su contraataque. Con calma, aquel chico le tiende el rifle a un compañero de su tripulación, y salta.

Es una locura saltar de una nave en pleno vuelo, aunque sea estático. Los generadores de gravedad crean un efecto físico que permite viajar a velocidad luz sin acabar aplastados contra la sala de motores por la tracción. Pero al cambiar de la fuerza zero a la gravedad del planeta, el impacto sobre el cuerpo es abrumador. Lo mejor que suele ocurrir es un leve desmayo. Pero hay un serio riesgo de que los nervios del cuerpo acaben dañados. En resumen: Nunca se debe saltar.

Pero aquel joven no solo no está inconsciente cuando aterriza, sino que ha caído ileso de una altura mayor a los diez metros, a unos pasos de donde me encuentro. Me dedica una fría sonrisa antes de que sus ojos me adviertan que me quede quieta. El Invasor, que había estado apuntándome maliciosamente con su cañón, dirige el arma hacia aquel recién llegado. No solo es, evidentemente, una amenaza más urgente; ese mismo joven también es el que le había disparado desde la nave. Ese día descubrí lo rencoroso que podía ser un Xeno...

A aquel joven no parece intimidarle el enorme cañón láser de anti-materia del alienígena. Avanza hacia él con la misma tranquilidad con la que se ha lanzado al vacío. Mientras lo miro, tengo claro que aquel muchacho bravucón va a correr la misma suerte que los soldados y los pasajeros que nos habíamos refugiado en el piso de abajo. No lleva armadura de ninguna clase. Probablemente crea que el campo de escudo, si es que lleva, será capaz de absorber el haz enemigo. <Iluso...>

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