lunes, 16 de julio de 2012

Acto I (7)

Me alejo sin dejar de mirar aquella escena, y recojo a Gilda en mis brazos, que exclama con un maullido airado. No pasa mucho tiempo para que la corrosión de la puerta abra un boquete en el edificio. Entonces, se desata el horror. Un reguero imposible de llamas brota de la mano del soldado humano, mientras el otro sigue gritando con cada descarga de su ametralladora. Pero, por encima de todo, lo que ocurre ahí solo tiene una palabra: Oscuridad.

Los soldados están demasiado enfervorizados cantando victoria como para advertir que el enemigo Xeno no ha sido derribado. Su cuerpo, que es tan inexplicable como la garra de la compuerta, es delgado y de aspecto esquelético. Le rodea una oscuridad que distorsiona la vista, como si fuera un gas muy espeso, que se entremezcla con un liquido espeso y negruzco, parecido al petróleo. Al entrar por aquella abertura, ese líquido manaba por todas partes, incluso a través de las llamas.

Se oyen gritos. Primero el soldado de fuego, y después su compañero. Aquella negrura los ahoga y los consume, mientras sus cuerpos se deshacen, corroídos por la anti-materia. Para entonces, yo ya llevo mucho tiempo corriendo, sin mirar atrás. Gilda me gruñe cuando pasamos de largo la habitación. Se que una puerta de fibra de carbono no les detendrá ahora que han entrado, de modo que abandono allí mi maleta y las cosas cosas de viaje, y me lanzo a todo correr hacia las escaleras que dan a la terraza.

Los otros no han tenido tanta suerte. Mientras corro oigo el zumbido de los disparos, y siento el corazón en el pecho cada vez que uno de aquellos láseres sale disparado. Los haces de anti-materia pasan de largo, o impactan en otros viajeros, que se desploman en el suelo sin hacer eco de su rápida muerte. Otros no tienen tanta suerte, y acaban ahogados por aquel líquido alienígena. Cuando llego a la azotea, estoy llorando. Ya no se oyen gritos, ni disparos. Ya no queda nadie. Solo yo.

Y van a venir a por mi. A rematar el trabajo.

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