Los soldados están
demasiado enfervorizados cantando victoria como para advertir que el
enemigo Xeno no ha sido derribado. Su cuerpo, que es tan
inexplicable como la garra de la compuerta, es delgado y de aspecto
esquelético. Le rodea una oscuridad que distorsiona la vista, como
si fuera un gas muy espeso, que se entremezcla con un liquido espeso
y negruzco, parecido al petróleo. Al entrar por aquella abertura,
ese líquido manaba por todas partes, incluso a través de las
llamas.
Se oyen gritos. Primero
el soldado de fuego, y después su compañero. Aquella negrura los
ahoga y los consume, mientras sus cuerpos se deshacen, corroídos por
la anti-materia. Para entonces, yo ya llevo mucho tiempo corriendo,
sin mirar atrás. Gilda me gruñe cuando pasamos de largo la
habitación. Se que una puerta de fibra de carbono no les detendrá
ahora que han entrado, de modo que abandono allí mi maleta y las
cosas cosas de viaje, y me lanzo a todo correr hacia las escaleras
que dan a la terraza.
Los otros no han tenido
tanta suerte. Mientras corro oigo el zumbido de los disparos, y
siento el corazón en el pecho cada vez que uno de aquellos láseres
sale disparado. Los haces de anti-materia pasan de largo, o impactan
en otros viajeros, que se desploman en el suelo sin hacer eco de su
rápida muerte. Otros no tienen tanta suerte, y acaban ahogados por
aquel líquido alienígena. Cuando llego a la azotea, estoy llorando.
Ya no se oyen gritos, ni disparos. Ya no queda nadie. Solo yo.
Y van a venir a por mi. A
rematar el trabajo.
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