viernes, 6 de julio de 2012

Prólogo (4)

La primera raza que había que tener presente en las relaciones entre los humanos y el resto de los habitantes del Universo eran los Eldaar. Se habían mostrado pacíficos, amigables e incluso fraternales en las primeras relaciones humanas, pero en aquella galaxia fría no había opción a la confianza. Para ellos, con su avanzadísima tecnología, éramos poco más que bárbaros en pañales. Con todo, el amable pueblo Eldaar era la única raza que había permitido que visitáramos sus grandes capitales, a fin de que las dos especies pudieran llegar a conocerse.

Sus planetas de origen estaban situados en un sistema muy próximo al recién descubierto Umbral. Formaban un anillo de tres satélites, mucho más grandes que la Luna, que escoltaban un enorme planeta repleto de vida. Este mundo, y sus lunas, conformaban el mayor ecosistema conocido, mostrando una variedad de flora y fauna extendida por cada rincón de la esfera planetaria, sin que ninguna construcción contaminara la naturaleza de aquel lugar. Los nativos Eldaar llamaban a su planeta de origen Madre, aunque lo habían bautizado de manera formal como N' Urist.

N' Urist, que tenía el tamaño necesario para acoger a media docena de planetas del tamaño de nuestra Tierra, se mantenía prácticamente estático en el universo, generando su propia fuerza gravitatoria. A su alrededor orbitaban tres soles en constante movimiento, que proporcionaban luz y calor continuamente, en todas las regiones del planeta Madre. Allí siempre era de día, y las temperaturas eran suaves y agradables todo el año, como una eterna primavera.

Los habitantes del pueblo Eldaar tenían una estructura similar a la humana, aunque presentaban unas variaciones propias de su sistema. Por lo general, su esperanza de vida multiplicaba en mucho la humana, llegando a rondar los mil años. Por eso, y como su cuerpo se mantenía en constante progreso, los miembros más ancianos eran muy altos, de unos tres metros de altura, y tenían la piel dura y curtida, mientras que los jóvenes eran más pequeños y frágiles que los niños humanos.

Realmente eran una especie muy similar a la nuestra, con los miembros más alargados, las facciones más estilizadas y los ojos más grandes. Tenían mejor vista que la humana, y alcanzaban a ver todo el espectro ultravioleta, lo que les permitiría ver en situaciones de semi-oscuridad. Sus oídos, que acababan en punta, también eran más potentes, lo que les resultaba un auténtico incordio en los mundos civilizados y bulliciosos, fuera de su tranquilo planeta hogar.

Otro rasgo distintivo de un Eldaar era su piel, que cambiaba de color y de textura, adaptándose al entorno, al clima y a las emociones de cada individuo. Solían variar entre un tono ligeramente verdoso, cuando su cuerpo segregaba clorofila para aceptar la luz solar, y más azulado cuando la brisa y la humedad purificaba sus poros. Por la noche, su tono de piel se apagaba hacia un color grisáceo, durante el que apenas respiraban, manteniendo la energía de su cuerpo.

Esta raza comprensiva había evolucionado hasta desprenderse del trabajo físico, por lo que pasaban su tiempo acuñando conocimientos. A menudo, los Eldaar que viajaban a otros mundos se hacían valer de su experiencia para traficar con la información que necesitaran sus compradores. Todos aquellos siglos entrenando la mente les había dotado de capacidades psíquicas en mayor o menor medida, sacrificando una estructura ósea más frágil que la de otras especies.

Los Eldaar que alcanzaban varios siglos de edad, sin embargo, llegaban a aburrirse de aquella vida relajada, por lo que se entregaban al placer que pudieran ofrecerle cualquier forma de expresión superior. Valoraban la música y el arte, igual que se rendían al sexo y el descontrol de las drogas. Por ello, muchos Eldaar se malograban de su forma más “pura”, cuando esos sentimientos e instintos ardientes actuaban con más fuerza que su mente privilegiada. Esos últimos eran muy, muy peligrosos.

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