Sus planetas de origen estaban situados en un sistema muy próximo al recién descubierto Umbral. Formaban un anillo de tres satélites, mucho más grandes que la Luna, que escoltaban un enorme planeta repleto de vida. Este mundo, y sus lunas, conformaban el mayor ecosistema conocido, mostrando una variedad de flora y fauna extendida por cada rincón de la esfera planetaria, sin que ninguna construcción contaminara la naturaleza de aquel lugar. Los nativos Eldaar llamaban a su planeta de origen Madre, aunque lo habían bautizado de manera formal como N' Urist.
N' Urist, que
tenía el tamaño necesario para acoger a media docena de planetas
del tamaño de nuestra Tierra, se mantenía prácticamente estático
en el universo, generando su propia fuerza gravitatoria. A su
alrededor orbitaban tres soles en constante movimiento, que
proporcionaban luz y calor continuamente, en todas las regiones del
planeta Madre. Allí siempre era de día, y las temperaturas
eran suaves y agradables todo el año, como una eterna primavera.
Los habitantes del pueblo
Eldaar tenían una estructura similar a la humana, aunque
presentaban unas variaciones propias de su sistema. Por lo general,
su esperanza de vida multiplicaba en mucho la humana, llegando a
rondar los mil años. Por eso, y como su cuerpo se mantenía en
constante progreso, los miembros más ancianos eran muy altos, de
unos tres metros de altura, y tenían la piel dura y curtida,
mientras que los jóvenes eran más pequeños y frágiles que los
niños humanos.
Realmente eran una
especie muy similar a la nuestra, con los miembros más alargados,
las facciones más estilizadas y los ojos más grandes. Tenían mejor
vista que la humana, y alcanzaban a ver todo el espectro
ultravioleta, lo que les permitiría ver en situaciones de
semi-oscuridad. Sus oídos, que acababan en punta, también eran más
potentes, lo que les resultaba un auténtico incordio en los mundos
civilizados y bulliciosos, fuera de su tranquilo planeta hogar.
Otro rasgo distintivo de
un Eldaar era su piel, que cambiaba de color y de textura,
adaptándose al entorno, al clima y a las emociones de cada
individuo. Solían variar entre un tono ligeramente verdoso, cuando
su cuerpo segregaba clorofila para aceptar la luz solar, y más
azulado cuando la brisa y la humedad purificaba sus poros. Por la
noche, su tono de piel se apagaba hacia un color grisáceo, durante
el que apenas respiraban, manteniendo la energía de su cuerpo.
Esta raza comprensiva
había evolucionado hasta desprenderse del trabajo físico, por lo
que pasaban su tiempo acuñando conocimientos. A menudo, los Eldaar
que viajaban a otros mundos se hacían valer de su experiencia para
traficar con la información que necesitaran sus compradores. Todos
aquellos siglos entrenando la mente les había dotado de capacidades
psíquicas en mayor o menor medida, sacrificando una estructura ósea
más frágil que la de otras especies.
Los Eldaar que
alcanzaban varios siglos de edad, sin embargo, llegaban a aburrirse
de aquella vida relajada, por lo que se entregaban al placer que
pudieran ofrecerle cualquier forma de expresión superior. Valoraban
la música y el arte, igual que se rendían al sexo y el descontrol
de las drogas. Por ello, muchos Eldaar se malograban de su
forma más “pura”, cuando esos sentimientos e instintos ardientes
actuaban con más fuerza que su mente privilegiada. Esos últimos
eran muy, muy peligrosos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario