La pequeña gata ronronea
cuando la llamo. Está escondida bajo la cama, como suele hacer
cuando está en una casa que no conoce. Asoma tímidamente la cabeza
en cuanto escucha el timbre de miedo que debe de haber en mi voz.
Gilda me mira con esos profundos ojos verdes, y se acerca para
acariciarme la mano con su cabecita inquieta. Es una gata blanca,
joven, con algunas manchas pardas en las orejas y el lomo. Está
extrañamente tranquila, como si el peligro del exterior fuera para
ella el anuncio de un juego interesante que aún desconoce.
Ella no sabe porqué hay
agujeros en la pared de la habitación, por donde entra un aire
helado y neblinoso del exterior. Tampoco sabe la suerte que tiene de
ser uno de los pocos felinos que quedan. Tal vez eche de menos la
compañía de otros gatos, no lo sé. La mayoría de los animales de
la Vieja Tierra solo pueden adaptarse al clima desgastado del planeta
azul. Los gatos, junto con un puñado de afortunados miembros de la
flora y la fauna terrestre, han conseguido adaptarse a casi todos los
planetas colonizados por la Alianza Terrana.
Aun así, continúan en
peligro de extinción. La radiación del planeta, un regalo que ha
durado desde el final nuclear de la Tercera Guerra Mundial, y los
feroces depredadores de las colonias espaciales ha reducido en gran
medida el número de felinos fértiles. Gilda es una gatita
afortunada, pues todavía es parte de es grupo de Primera Generación,
libre de la esterilización radiactiva y de los intentos genéticos
que se han dado en el resto de especies.
Mientras abrazo con
fuerza a mi afortunada minina, pienso en la situación que continúa
a nuestro alrededor, a los pies de este edificio abandonado de
investigación Terrana. Por el sonido de los ahogados disparos láser,
y de las armas de proyectiles humanas, parece que el tiroteo está ya
en su punto más duro. Afortunadamente, ni un bando ni otro cuenta
con un ejército numeroso. Las naves espaciales de la Alianza
Terrana tienen mucha menos capacidad de lo que parecen, pues casi
todo su tamaño está reservado a los motores de energía azul y a la
cabina de mando. Con el resto de especies, pasa igual.
Nuestro transporte civil
tenía capacidad para unos veinte pasajeros, que ahora estarán, como
yo, acurrucados en sus cuartos, esperando el final de los disparos.
Solo dos guardias armados viajan en nuestro compartimento, como
supervisores, mientras que otro vuela en la escotilla de guardia, a
los mandos de una torreta automatizada. Es una protección mínima,
que no suele tener mayor función que la de espantar a los piratas y
saqueadores de otras naves. Ah, y el piloto, que también ha recibido
formación militar. Esas son las armas con las que contamos para
defender la zona.
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