viernes, 13 de julio de 2012

Acto I (4)

Han sonado las alarmas del complejo. Sean quienes sean nuestros atacantes, ya se han puesto en serio. Por todas partes se oye el zumbido apagado de esas extrañas armas láser. Es apenas un silbido, muy silencioso. Sin embargo, el sonido que si que se oye con claridad es el de los impactos, cuando la carne, la piedra o el metal se corroe sin resistencia. De repente oigo otro sonido, el de un maullido lastimero. ¡Gilda!

La pequeña gata ronronea cuando la llamo. Está escondida bajo la cama, como suele hacer cuando está en una casa que no conoce. Asoma tímidamente la cabeza en cuanto escucha el timbre de miedo que debe de haber en mi voz. Gilda me mira con esos profundos ojos verdes, y se acerca para acariciarme la mano con su cabecita inquieta. Es una gata blanca, joven, con algunas manchas pardas en las orejas y el lomo. Está extrañamente tranquila, como si el peligro del exterior fuera para ella el anuncio de un juego interesante que aún desconoce.

Ella no sabe porqué hay agujeros en la pared de la habitación, por donde entra un aire helado y neblinoso del exterior. Tampoco sabe la suerte que tiene de ser uno de los pocos felinos que quedan. Tal vez eche de menos la compañía de otros gatos, no lo sé. La mayoría de los animales de la Vieja Tierra solo pueden adaptarse al clima desgastado del planeta azul. Los gatos, junto con un puñado de afortunados miembros de la flora y la fauna terrestre, han conseguido adaptarse a casi todos los planetas colonizados por la Alianza Terrana.

Aun así, continúan en peligro de extinción. La radiación del planeta, un regalo que ha durado desde el final nuclear de la Tercera Guerra Mundial, y los feroces depredadores de las colonias espaciales ha reducido en gran medida el número de felinos fértiles. Gilda es una gatita afortunada, pues todavía es parte de es grupo de Primera Generación, libre de la esterilización radiactiva y de los intentos genéticos que se han dado en el resto de especies.

Mientras abrazo con fuerza a mi afortunada minina, pienso en la situación que continúa a nuestro alrededor, a los pies de este edificio abandonado de investigación Terrana. Por el sonido de los ahogados disparos láser, y de las armas de proyectiles humanas, parece que el tiroteo está ya en su punto más duro. Afortunadamente, ni un bando ni otro cuenta con un ejército numeroso. Las naves espaciales de la Alianza Terrana tienen mucha menos capacidad de lo que parecen, pues casi todo su tamaño está reservado a los motores de energía azul y a la cabina de mando. Con el resto de especies, pasa igual.

Nuestro transporte civil tenía capacidad para unos veinte pasajeros, que ahora estarán, como yo, acurrucados en sus cuartos, esperando el final de los disparos. Solo dos guardias armados viajan en nuestro compartimento, como supervisores, mientras que otro vuela en la escotilla de guardia, a los mandos de una torreta automatizada. Es una protección mínima, que no suele tener mayor función que la de espantar a los piratas y saqueadores de otras naves. Ah, y el piloto, que también ha recibido formación militar. Esas son las armas con las que contamos para defender la zona.

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